UNA HISTORIA
Soy argentina y también Maxs, mi marido.
Yo soy bioquìmica, él artista plàstico.
Somos descendientes de italianos y un dìa decidimos emigrar hacia la Italia de nuestros antepasados.
La que sigue es una especie de crònica de nuestras vivencias, y de la Italia que encontramos, o sea, intenta ser el relato de "la nostra Italia" y también un homenaje a nuestra Argentina.
Es una historia en presente.
Es también, y sobre todo, una catarsis.
Eramos inmigrantes. Inmigrantes del año 2000.
Una experiencia distinta a la de nuestros abuelos, una inmigraciòn con caracterìsticas nuevas, con un ritmo propio, con la misma angustia bajo una forma distinta.
Eramos inmigrantes. Estàbamos en medio del hall de Fiumicino con nuestras seis valijas, nuestros ojos tan abiertos, a 15000 Km de casa, con una agenda llena de direcciones y nùmeros de teléfono de gente desconocida, amigos de amigos, parientes de conocidos ... posibles contactos... potenciales manos extendidas.
Pero solos, tangiblemente solos y, para peor, incomunicados; los italianos de Italia no hablaban como los italianos de Argentina, a estos no se les entendìa nada y lo que es aùn peor, ellos no nos entendìan a nosotros.
Sin embargo, la euforia podìa màs que la angustia en aquellos momentos. La novedad, el descubrimiento, querer verlo todo, emborracharnos los ojos de tanto paisaje, de tanta historia. Venìamos de un continente joven, Sudamérica, nuestra Sudamérica sin medioevo, sin castillos, ni torres, ni pueblitos antiguos. Todo esto nos fascinò, nos encantò, y mitigò en aquellos primeros momentos el dolor de la distancia, de los afectos que quedaban atràs. Creo que ni siquiera nos dàbamos cuenta de qué cosa habìamos dejado a nuestras espaldas, quiero decir, no medìamos en toda su magnitud el desarraigo que habrìamos de vivir.
Recuerdo dos sensaciones que se me imprimieron en alguna parte de la mente durante aquellos primeros dìas en Pescara; dos sensaciones quizàs contradictorias, pero igualmente fuertes; una, el olor de los bares italianos, que después identifiqué como una mezcla de aroma de café express y de facturas recién hechas y que desde entonces llamo "olor a Italia"; la otra, la sofocante necesidad de escuchar hablar en español. Las definì contradictorias y ahora agrego "primarias", porque la primera, el "olor a Italia", era un hecho placentero, agradable, y representaba de algùn modo mi primer punto de contacto positivo con el nuevo habitat, que parecìa recibirme con un cierto calorcito acogedor, mientras la segunda era la primera materializaciòn de todas las barreras que, en aquel momento aùn no lo sabìa, tendrìa que atravesar.
Nuestra primera mañana en Italia.
_ Muy bien, aquì estamos ... y ahora? _ exactamente la pregunta que se podìa esperar de mì, siempre deposité en Maxs el rol del que toma las iniciativas, yo después me pongo al lado, escucho atentamente el plan de acciòn y empiezo a caminar en la misma direcciòn. Porque confìo en su capacidad para tomar decisiones o por comodidad? Probablemente por las dos cosas.
_ Ahora, empezamos a movernos _ también ésta, una tìpica respuesta de Maxs. Hacer, para obtener resultados y para mitigar la angustia de la incertidumbre.
Y asì, después de varios llamados telefònicos, nos contactamos con un primo mìo que estaba estudiando a pocos kilòmetros de Pescara; nos vino a buscar y nos instalamos provisoriamente en un pequeño pueblito de la costa adriàtica, Grottammare.
Creo que es allì donde empieza verdaderamente la historia.
Segunda barrera: el trabajo; como ya dije, la primera fue el idioma. De todos modos, la enumeraciòn responde solamente al orden de apariciòn de dichas barreras, que no tenìan ni siquiera la delicadeza de aparecer cada una de ellas cuando ya habìa sido superada la anterior, sino que se superponìan y coexistìan en una confusiòn tal que no logràbamos clasificarlas por orden de importancia.
El trabajo... primera diferencia con la inmigraciòn en nuestro paìs. En aquellos tiempos, quienes emigraban a Argentina dificilmente tenìan un tìtulo de estudios a un oficio determinado, por lo tanto no era muy distinto el tipo de trabajos que podìan hacer en su paìs de origen o en Argentina.
Nosotros en cambio, venìamos con nuestros diplomas en la mano, llenos de sellos, firmas, legalizaciones, traducciones, etc. y en ellos depositàbamos nuestras expectativas acupacionales, eran una suerte de llaves màgicas que nos abrirìan las puertas del éxito en la vieja Europa, que venìamos a revitalizar con el fuego sacro de nuestro saber.
No servìan a nada, a nadie interesaban nuestros diplomas de "tercer mundo", y pronto aprendimos que los posibles caminos a seguir eran dos: hacer los trabajos que muchos italianos no querìan hacer y que nosotros mismos no hubiésemos hecho en nuestro paìs, aunque, hay que reconocerlo, aquì eran retribuìdos en modo que permitìa vivir decentemente y en Argentina no, o bien obtener los contactos adecuados para que alguien nos permitiese demostrar que sabìamos hacer lo que nuestros diplomas decìan que sabìamos hacer.
No durò demasiado nuestro establecernos en el departamento de Grottammare; debìamos dejarlo después de un mes porque ya habìa sido alquilado para la temporada de verano.
Era solamente nuestra primera base de operaciones, un respiro para poder pensar màs o menos tranquilamente qué hacer y como.
Maxs casi no se permitìa reposo, veìa gente, hacìa llamados telefònicos, corrìa, buscaba. Obtuvo dos proposiciones para presentar una muestra pictòrica, pero no tenìa los cuadros, habìa que hacerlos, lo cual significaba una inversiòn de dinero y tiempo que no estàbamos en grado de afrontar.
Yo en tanto vivìa una mezcla de sensaciones que iban desde un estado de permanente encantamiento, a un terror irracional de encontrarme sola de frente a un italiano y tener que comunicarme con él, el problema del idioma me sofocaba y me inmovilizaba. No me despegaba un minuto de Maxs.
En cuanto al trabajo, buscàbamos, cada uno de nosotros orientàndose hacia lo que sabìa hacer. Y aquì descubrì, o quizàs tomé conciencia de ello, que estaba en inferioridad de condiciones. Maxs hacìa contactos como pintor, se presentaba como dibujante gràfico, se ofrecìa como técnico en electricidad, preguntaba en agencias publicitarias. Yo mostraba en tres o cuatro laboratorios, privados porque a nivel pùblico ni pensar, mi tìtulo de bioquìmica. Era lo ùnico que sabìa hacer, habìa dedicado casi un tercio de mi vida a aprender a hacer anàlisis quìmicos, clìnicos y microbiològicos.
Descubrì que Italia no estaba esperando ansiosamente mi llegada para que ponga a su servicio mi vasto bagage de conocimientos en la materia.
La vivienda, tercer obstàculo. No hubiese creìdo jamàs que podìa ser tan importante para mì el tema del lugar propio y no me refiero a propiedad econòmica, no tenìamos intenciones de comprar una casa, solamente aspiràbamos a poder alquilar una en modo permanente. Habìa vivido casi toda mi vida en la misma casa y por lo tanto me era natural reconocer cada rincòn, cada baldosa.
Tenìa necesidad de ello.
En Italia no era fàcil; no lo era para los italianos y lo era menos para nosotros, a quienes nadie conocìa, extranjeros que "quien sabe si después se van a ir de la casa cuando la necesitemos". La ley italiana dificulta desalojar a los inquilinos si éstos no tienen una casa donde ir.
Cinco casas en dos años es demasiado para cualquiera, incluso en el propio paìs, ni qué hablar en el extranjero. También esto se resolviò.
Maxs empezò a trabajar para una agencia de publicidad.
A mì tuvieron que operarme, una formaciòn ovàrica que era necesario extirpar.
Hacìa dos meses que residìamos en Italia, todavìa no lograba manejar el idioma y esto dificultaba aùn màs mi ya difìcil comunicaciòn con los médicos que, en aquel momento lo descubrì, tenìan un trato con el paciente distinto al de los médicos argentinos; me refiero a que me resultaba demasiado formal y, sobre todo, tenìa la impresiòn que no daban muchas explicaciones, como si pensasen que total yo no iba a entender ( porque era una extranjera o porque era un paciente?).
Esta actitud se revirtiò en parte cuando logré ( o mejor dicho Maxs logrò) hacerles saber que yo era bioquìmica.
Esos veinte dìas en la clìnica no fueron fàciles, Maxs habìa apenas empezado a trabajar y no podìa estar todo el tiempo conmigo. Habìa algunos amigos recientes que venìan a verme, pero creo que yo esperaba otros rostros, rostros queridos que estaban tan lejos.
Finalmente me informaron que todo estaba bien, que no corrìa ningùn peligro y podìa volver a casa. Otro escollo superado.
Mientras Maxs se afianzaba en su trabajo, yo ponìa a prueba mis fuerzas psìquicas haciendo trabajos ocasionales, una lavanderìa, una empresa de limpiezas, la vendimia, una señora anciana a quien cuidar.
No habìa caso, no me resignaba a renunciar a mi profesiòn, ni a mi tìtulo de doctora.
H ice las averiguaciones pertinentes para saber qué debìa hacer para que mi tìtulo fuese reconocido en Italia. Un gran amigo, Angelo, se ocupò personalmente del tema, informàndose en las universidades y finalmente llegò la respuesta: debìa dar un examen inicial para que pudiesen evaluar mi nivel de conocimientos, después del cual debìa hacer al menos tres años de universidad.
Mi decisiòn fue inmediata; yo ya habìa superado las muchas dificultades que mi carrera presentaba en la Argentina y mi tiempo de estudios y preparaciòn para ejercer la profesiòn ya habìa pasado, ahora querìa trabajar y poner en pràctica todo lo aprendido, por lo cual decidì que si mi diploma, tal y como era, era aceptado, bien, sino, trabajarìa en otra cosa.
El idioma dejò de ser un problema, descubrì asombrada que me apasionaba el estudio del lenguaje y ademàs me resultaba fàcil; casi naturalmente iba incorporando elementos, entonaciones y giros idiomàticos, que enriquecìan y fluidificaban mi italiano.
Creo que me asustaba tanto la posibilidad de hacer el ridìculo hablando mal, que inconcientemente hacìa esfuerzos increìbles por captar cada detalle y recordarlo.
También la casa dejò de ser un problema; finalmente alquilamos un departamento por un perìodo de tiempo razonable, donde pudimos empezar a poner un toque de nosotros, para poderlo sentir un hogar.
En cuanto al trabajo, al menos Maxs se iba creando un lugar y un nombre en el ambiente publicitario de la zona. Claro, no le quedaba mucho tiempo para pintar, pero estàbamos convencidos que ya llegarìa el momento.
El tiempo pasaba, nosotros nos afianzàbamos cada vez màs en el nuevo ambiente y muchas de las barreras iban quedando atràs. Al menos las màs tangibles, las màs "fìsicas" por decirlo de alguna manera.Claro , aparecìan otras.
Mirar lejos
y no ver horizonte,
no ver esa lìnea
recta y familiar
de nuestra llanura.
Mirar lejos
y ver una lìnea quebrada
atractiva
pero extraña.
Buscar el rìo,
y encontrar el mar.
Buscar los gestos
del còdigo propio,
conocido y comùn
y no encontrarlos.
Tener que aprender
mensajes nuevos
que no nos expresan,
pero nos igualan,
la vieja treta
de todas las especies,
el mimetismo
para subsistir.
Debo aclarar que ese paisaje, lleno de ritmo, colores y movimiento, me cautivò y me sigue fascinando, aùn cuando no llego nunca a sentirlo propio. Sigo sintiendo màs naturales las infinitas planicies, los largos kilométros desolados de nuestras pampas.
Son dos lenguajes distintos, y amo los dos, en distintos modos.
Lenguajes... còdigos... he aquì una de las nuevas vallas que encontramos, ya no las màs inmediatas, sino las que fueron apareciendo con el tiempo, con el conocer gente, con el establecer contactos humanos.
Eramos capaces de hablar en italiano y establecer comunicaciones formales, pero nos faltaban esos otros còdigos, aquellos internalizados a lo largo de una infancia, de una adolescencia, de una vida, y que nosotros tendrìamos que aprender en tan poco tiempo.
Pero, es posible aprenderlos? . Es posible realmente incorporar elementos a nuestro lenguaje hablado, gestual y corporal, que tienen que ver con vivencias, sentimientos, experiencias?. Creo que es la GRAN BARRERA; es como si nos hubiésémos curado recién de una amnesia y por lo tanto pudiésemos relacionarnos con quienes nos rodean solo en un plano presente, sin pasado, lo cual crea siempre la sensaciòn de quedarse afuera, porque todo presente es siempre un resultado del pasado. Y ellos y nosotros tenemos pasados distintos.
Y es en este punto donde aparece la contradicciòn.
Sì, porque por un lado me gusta sentirme parte de ellos, me gustarìa reconocer las tradiciones, los recuerdos, el pasado. Y por otra parte, cuando estoy en un grupo de argentinos y usamos nuestros còdigos, recordamos nuestro pasado (no el de los libros de historia, sino ese que se registra en la memoria colectiva) y reìmos de las cosas que nos hacen reìr... me siento en casa.
Contradicciòn es la palabra màs adecuada para definir nuestros sentimientos; creo que cada uno de nosotros, argentinos - italianos, italianos - argentinos, o como sea que nos llamemos, lo que quisiéramos es poder traernos la Argentina a Italia, o sea, traer nuestra gente, nuestras costumbres, nuestros sàbados a la noche y nuestros asados del domingo, a esta tierra que nos gusta, a este sistema socio- polìtico-econòmico que nos permite vivir y crecer como personas sin los sobresaltos y angustias que eran parte de nuestras vidas en Argentina.
La mayorìa de nosotros, que estamos entre los veinte y los cincuenta años, no habìamos conocido la sensaciòn que produce el hecho de que a lo largo de meses y meses los precios en los negocios no cambien; para nosotros la inflaciòn era parte de la economìa de un paìs. Tampoco imaginàbamos como era el hecho de que la polìtica estuviese solamente en manos de civiles, sin que los militares constituyesen una alternativa de poder cada vez que un gobierno se encontraba en crisis.
Sì, a nosotros nos gustarìa traernos la Argentina a este paìs donde el dòlar cuesta siempre lo mismo, liras màs, liras menos.
Ademàs, estamos en Europa, donde pasaron todas las cosas importantes del mundo, segùn dicen los libros de historia argentinos.
Nos resultaba difìcil hacer amigos. Al principio y por un largo tiempo, buscàbamos (inconcientemente creo) personas en quienes depositar ese sentimiento tan esencial para nosotros, el afecto hacia el AMIGO y esa bùsqueda nos llevò a equivocarnos muchas veces, a adjudicar ese rol que nos era tan necesario a personas que no reunìan las condiciones. Nos inventàbamos amigos que al poco tiempo nos desilusionaban, pero la culpa no era de ellos, era nuestra, éramos nosotros que pretendìamos hacerlos a nuestra imagen y semejanza, ellos simplemente eran como siempre habìan sido.
Con el tiempo fuimos aprendiendo y tranquilizàndonos, y, en un modo natural, se fue produciendo una decantaciòn que reforzò los lazos con aquellas personas con quienes realmente tenìamos algo en comùn y fue dejando atràs a los demàs.
Maxs y yo nunca nos "ghettizamos", o sea no nos encerramos en el cìrculo de argentinos que conocìamos, porque siempre tuvimos claro que el hecho de que una persona fuese argentina no era condiciòn necesaria y suficiente para que sea un amigo, y es por eso que quienes quedaban afectivamente a nuestro alrededor en el proceso de decantaciòn que mencioné eran indistintamente argentinos, italianos, marroquìes o de cualquier otra nacionalidad.
A esta altura puede surgir la pregunta: y la familia? Solo los amigos importan?
No sé como serà para los demàs, pero en mi caso personal puedo decir que me fue màs fàcil traer conmigo a mi familia que a mis amigos, es decir, sentì siempre a mis padres alrededor mìo, aunque no estuvieran aquì; con los amigos es distinto, es como si los necesitara corporeamente para saber que estàn.
Un dìa en la televisiòn dijeron que en Argentina habìa una sublevaciòn militar y veìamos imàgenes de enfrentamientos armados, gente en las calles.
Y doliò, doliò mucho, màs que la vez anterior, cuando estàbamos "allà" y lo vivimos de adentro. Hacìa tanto mal ver esas imàgenes tan iguales a otras que se veìan todos los dìas en los noticieros y a la vez tan distintas porque venìan de "allà", venìan de "casa"!
Esto se repitiò, una, dos veces... y cada vez el mismo dolor, cada vez el miedo ... otra vez? Volveràn?
... Un modo un tanto brutal de recordar por qué emigramos.
La primera vez que alguien nos dijo, en un tono pretendidamente de broma, " bah! que saben ustedes que vienen del tercer mundo?", nos sentimos muy mal, pero al mismo tiempo creo que fue un desafìo, algo que nos obligaba a luchar, a no rendirnos a pesar de las condiciones que inicialmente podìan resultarnos adversas.
Con el tiempo fuimos aprendiendo que hay distintos tipos de subdesarrollo, y que el mismo es relativo, es decir, se puede decir que esto es màs subdesarrollado que aquello, o que aquello es màs subdesarrollado que esto otro.
Descubrimos que el subdesarrollo màs notorio de la Argentina es de tipo econòmico con respecto a este "primer mundo que nos toca vivir", pero no es asì en el plano cultural, en el cual hemos encontrado en muchos aspectos que nuestra mentalidad es màs abierta, màs capacitada para evolucionar que la de esta sociedad italiana, como si el peso de la historia que esta ùltima carga sobre sus espaldas la obligase a caminar despacio y con paso cauteloso, no sea que se le caiga alguna tradiciòn por el camino.
Debo aclarar que también entendimos que este fenòmeno de "rallentamento"en la evoluciòn socio-cultural es especialmente marcado en la zona de Italia en la cual nos establecimos, o sea la regiòn central, que, como tal, goza de todos los avances tecnològicos y de confort del norte del paìs, mientras conserva la mentalidad tradicionalista y casi medioeval del centro-sur.
Fue precisamente esta caracterìstica la que desde un principio creò en nosotros la sensaciòn de encontrarnos en una extraña dimensiòn en la cual el pasado y el futuro coexistìan confundiéndose,... y confundiéndonos.
Sì, porque adjudicàbamos a personas que tenìan acceso a determinados niveles tecnològicos y hasta cientìficos, niveles acordes de preparaciòn, informaciòn y cultura que no siempre tenìan.
Hemos tenido que aprender tanto en tan poco tiempo! ... pero después de todo es una habilidad que los argentinos tenemos muy desarrollada. La necesidad que se nos presentaba en nuestro paìs de incorporar nuevos paràmetros, de adaptarnos a nuevas situaciones, y de hacerlo rapidamente para que la "selecciòn natural" de la supervivencia del màs apto no nos dejara afuera, nos permitiò pasar también esta prueba y en muchos casos con sobresaliente.
No, no quiero dar la impresiòn de que esta experiencia nuestra de inmigrantes en Italia se desarrollò en etapas perfectamente definidas, la primera de las cuales fue una larguìsima sucesiòn de sufrimientos, nostalgias, rechazos y soledad, que una vez superada dejò lugar a un estado de serena integraciòn a la nueva realidad, en la cual ya se nos habìan abierto todas las puertas y ... colorìn, colorado.
De haber sido asì yo hubiese escrito una telenovela y no esta especie de crònica desordenada y quizàs confusa, que sin embargo considero mucho màs fiel a la realidad y por eso decidì dejar asì, sin intentar ordenarla en prolijos y sucesivos capìtulos.
No, la cosa no fue asì, al menos no para Maxs ni para mì. Fue y sigue siendo, un intrincado entrelazarse de aquellas dos imaginarias etapas.
Mientras descubrìamos, maravillados, paisajes y pueblitos increìbles, luchàbamos codo a codo contra las hostilidades, comprensibles pero no justificadas, de una sociedad no habituada a recibir en su seno otras culturas, una sociedad que, al contrario, habìa sido històricamente inmigrante en el mundo, y por lo tanto no estaba equipada ni siquiera a nivel de legislaciòn para incorporar personas que venìan de otras realidades. Y entonces, no sabiendo qué hacer con nosotros, gentilmente nos ignoraba.
Mientras adquirìamos nuevas costumbres agradabilìsimas como la de gozar de los fines de semana paseando, visitando amigos o haciendo cosas en casa, sin preocuparnos de a cuanto abrirìa el dòlar el lunes o si habrìa posibilidades de otro levantamiento militar, discutìamos acaloradamente con quienes al saber que éramos argentinos comentaban plàcidamente: " ah! Rìo de Janeiro ! "
Quiero decir que vivìamos al mismo tiempo y con la misma intensidad los aspectos positivos y negativos de esta experiencia.
Tuvimos también que sacarnos de encima ciertos "tics", profundamente arraigados en nuestro comportamiento, como el de sufrir un sùbito ataque de taquicardia cada vez que veìamos un policìa o un "carabiniere" (aquì si no se es un delincuente no hay por qué tenerle miedo a la policìa). O el de cruzar las calles corriendo en un perfecto càlculo de la relaciòn entre la distancia a la cual se encuentra el auto màs pròximo, la velocidad con que se acerca y el riempo necesario para llegar a la otra vereda sin ser aplastados por el bòlido. En repetidas oportunidades me encontré parada en una esquina esperando que pase un auto que por algùn ignoto motivo habìa frenado a un par de metros de mì, hasta que después de haber intercambiado sonrientes miradas con el conductor del auto mientras me preguntaba " y éste, qué corno espera para pasar?", me daba cuenta que precisamente el señor estaba esperando que yo me decidiera a cruzar, para poder seguir asì su camino. Entonces, màs colorada que la bandera rusa y haciendo una incomprensible sucesiòn de inclinaciones de cabeza en direcciòn al paciente conductor, me abalanzaba precipitadamente hacia la otra acera.
Sì, es cierto, nos vimos obligados a incorporar nuevos còdigos de convivencia; tuvimos que aprender a movernos en una sociedad que en lo que respecta a la conducta social, era màs "civilizada" por decirlo de alguna manera. Es como si nuestros comportamientos sociales, me refiero a aquellos colectivos, estuviesen aùn en un estado màs "salvaje". Y esto también tiene su explicaciòn, o mejor, sus explicaciones.
Por un lado la indiscutible "juventud" de nuestra sociedad en relaciòn con la "vieja Europa", y por otro, nuestra historia de dictaduras militares y tiranìas civiles, que no nos permitieron un aprendizaje de una vida comunitaria, sino que nos obligaron siempre a vivir en un plano individual, tirando cada uno para su lado en un intento desesperado de superar obstàculos y salir a flote lo mejor que se pueda, pero siempre solos, sabiendo de no poder contar con una estructura social, polìtica y ecònomica que nos respaldase. En la Argentina el éxito es siempre individual.
Es por todo esto que estoy convencida de que solo un larguìsimo perìodo de democracia pueda significar una esperanza para la Argentina. Porque ése es el clima en el cual cada individuo sabe que, por un lado debe responzabilizarse de cada uno de sus actos y decisiones ya que no existe ese Estado-tutor que todo lo maneja, pero por otra parte puede "crecer" socialmente con la tranquilidad de que a su alrededor existe un sistema estable, capaz de absorber incluso sus errores, permaneciendo a través del tiempo.
Era precisamente esto lo que nos faltaba cuando decidimos emigrar, la posibilidad de hacer planes, de programar ... nos habìan robado el futuro.
Vinimos
todos nosotros,
con la secreta esperanza
(a veces tan secreta
que ni nosotros mismos
la conocìamos)
de encontrar, aquì,
entre mar y montaña,
ese pasado nuestro
anterior a nosotros,
las historias de los viejos
absorbidas
en un proceso casi osmòtico.
Vinimos,
todos nosotros,
esperando, sin saberlo,
encontrar, aquì,
entre pasado y futuro
nuestra identidad.
En definitiva
la encontramos,
descubrimos, aquì,
entre dialectos y consumismo
que somos argentinos.
Esta poesìa, aùn cuando tenga un dejo de amargura debido a ciertas frustraciones, es el reflejo de una de las cosas màs importantes que me dio esta experiencia, la posibilidad de tomar conciencia en un modo dirìa casi doloroso por lo intenso, de un hecho que mientras estuve en Argentina no analicé jamàs... era tan natural ser argentina, que ni siquiera me daba cuenta.
Sì, porque solo enfrentàndome a esta realidad distinta, que se manifiesta en cada acto de la vida, desde las costumbres alimenticias hasta el modo de establecer relaciones con otros seres humanos, logré tomar conciencia con el hecho de que también nosotros tenemos una identidad, con caracterìsticas propias y con cultura propia.
Y aquì, al mencionar la cultura, toco, creo, el punto neuràlgico de nuestra inmigraciòn, o sea el hecho que nos crea las contradicciones màs profundas en el proceso de inserirnos en esta nueva sociedad.
Sì, porque es en este "cara a cara" con esta estructura social y econòmica de "primer mundo", con todos sus avances tecnològicos, cientìficos y econòmicos, que descubrimos que estamos dotados de caracterìsticas que este pueblo perdiò.
Es decir, nosotros conservamos intacto nuestro sentido de autoconservaciòn, porque nuestra realidad polìtica, social y econòmica nos lo exige, y no se trata solamente de escapar a peligros fìsicos, sino ademàs de una desarrollada capacidad de revertir circunstancias que nos son adversas y sacarles algùn provecho. Esto significa no ahogarnos en un vaso de agua; esto significa también no "necesitar" una enorme cantidad de inùtiles utensilios "indispensables para la vida moderna" sin los cuales las sociedades ultradesarrolladas estarìan perdidas.
Por otro lado, tenemos muy desarrollado otro instinto, el de la libertad, el de no dejarnos someter, el de no aceptar señores ni patrones, y esto nos ocasiona serios conflictos en una realidad que tiene sus raìces en un pasado feudal que dejò profundìsimas huellas en la idiosincrasia popular.
Y entonces viene la lògica pregunta: còmo es posible que con semejantes caracterìsticas el pueblo argentino haya pasado gran parte de su historia sometido por dictaduras militares? La respuesta es demasiado compleja, pero creo que una de las claves es, como escribì antes, que dichas caracterìsticas se mantuvieron siempre en un plano individual, intereses externos a ese pueblo impidieron que pasaran a formar parte de la conciencia colectiva, sofocando con todos los medios, lìcitos e ilìcitos, cada intento de maduraciòn del pueblo argentino; es todavìa un pueblo adolescente.
Un dìa, a casi tres años de nuestra llegada, pasamos delante de un muro en un paso a nivel y leì un grafiti.
Lo leì mecanicamente; tengo la manìa de leer todo lo que me pasa delante de los ojos. Solo algunos segundos después me dì cuenta, decìa SOL TE QUIERO. Sì, asì, en español. No puedo explicar la sensaciòn que me invadiò, en ese momento supe qué cosa es la nostalgia.
Fue como haber volado en fracciones de segundo a Rosario, con sus paredes llenas de frases, dibujos, declaraciones de amor.
Y al mismo tiempo fue tomar conciencia, a través de un hecho emotivo porque racionalmente lo habìamos analizado tantas veces, de la importancia que iba cobrando en esta Italia tan tradicionalista y tan "italiana", el fenòmeno inmigraciòn y especìficamente la inmigraciòn argentina.
Nos estàbamos convirtiendo en una presencia, o mejor, en una omnipresencia; por toda Italia se encontraban argentinos. Muchos italianos que hasta ese momento apenas habìan oìdo hablar de la Argentina, empezaron a enterarse que ademàs de generales y villas miserias como la de Maradona, en ese paìs habìa artistas, cientìficos, autopistas y rascacielos.
Cuidado, que escribì "muchos italianos" y no "todos", porque hemos encontrado también gente bien informada y que estaba perfectamente al tanto de la realidad argentina.
Ese grafiti fue para mì, de algùn modo, la prueba de nuestra decisiòn quizàs inconciente de conservar nuestra cultura, esa cultura argentina que tantos niegan y que yo estoy convencida que existe realmente, aùn cuando sea la suma de tantas otras culturas que se fueron fundiendo, modelando y acomodando unas a otras.
No decìa SOL TI VOGLIO BENE, decìa SOL TE QUIERO.
Las historias son tantas... cada una distinta y todas iguales. O sea, cada uno con la circunstancia que le tocò vivir y el medio ambiente donde "aterrizò", pero siempre, en todos, la nostalgia, esa nostalgia especial, no aquella de nuestros abuelos que cantaban sus canzonetas en la pampa argentina, sino esta nostalgia contradictoria, a veces disfrazada de desprecio por lo que quedò atràs, del otro lado del océano, como en el caso de Juan.
Juan que està siempre proyectando el pròximo viaje a la Argentina y una vez allà representa por un mes su papel de magnate europeo y mira a todos desde arriba, para después volver y empezar de nuevo a proyectar su pròximo viaje a la Argentina.
Esta nostalgia a veces disfrazada de odio hacia esta sociedad italiana, como en el caso de Silvina, que odia todo y todos en Italia, pero posterga eternamente su regreso a la Argentina, porque "quiero volver con buena guita, entendés?". Y sigue añorando la patria lejana, que a fuerza de ser lejana se hace màs querida.
O esa nostalgia racionalizada de Carlos, que sabe que hizo su elecciòn, en la cual ganò en tranquilidad econòmica y social y perdiò en afectos y amigos, y después de tantos años se sigue preguntando por qué hay que elegir.
O la nostalgia proclamada y hecha bandera de Ricardo, que la convirtiò en leit-motiv de su vida, a tal punto que si volviese a la Argentina no tendrìa màs motivo para vivir.
O esta nostalgia mìa, màs "ìntima" la definiò un amigo, por la cual me siento bien caminando por esa calle de San Benedetto arbolada de àrboles tan verdes, que me recuerdan mi barrio, La Florida, allà lejos en Rosario.
Tantas nostalgias y una sola... tantas historias y una sola.
En definitiva, cada uno de nosotros, en mayor o menor medida, hemos pasado a formar a parte de esta relidad y esta realidad ha pasado a formar parte de nosotros, y, màs allà de que seamos capaces de aceptarlo o no, esto nos gusta, y quizàs sea este hecho lo que hace màs dolorosa nuestra nostalgia. Y también màs soportable.
Volver... no, no "con la frente marchita etc. etc." y "chan-chan", volver a la Argentina por un mes significò re-conocer mi lugar, mi gente, mi cultura, pero al mismo tiempo fue lo mismo que me pasaba cuando era chica y faltaba algunos dìas a la escuela por una gripe o algo asì; cuando volvìa tenìa la sensaciòn de no pertenecer màs a ese lugar, a esa gente, porque durante mi ausencia habìan vivido cosas que yo no habìa vivido y eso nos separaba. Me llevaba un par de dìas superar eso y volverme a sentir parte del grupo, y, no sé por qué, era doloroso.
Sì, un dìa volvì a la Argentina y la sensaciòn no fue una, sino tantas, entremezcladas y superpuestas.
El primer golpe fue el de encontrar nuestras llanuras, en el viaje en auto de Buenos Aires a Rosario; esa sensaciòn de la vista perdiéndose tan a lo lejos, sin "chocarse" con ninguna colina, y por primera vez tomar contacto, no ya en un plano cultural o de informaciòn, sino como una experiencia internalizada, con el casi absurdo de aquellas extensiones de tierra sin cultivar, libradas a la Naturaleza y sus ritmos propios.
Digo de haber por primera vez tomado contacto con esto, porque si bien es casi un lugar comùn de los argentinos hablar de nuestras tierras sin trabajar, solo después de dos años en Italia entendì lo que significa extraer al màximo de la tierra todo lo que puede dar; me acostumbré a ver cultivos en las laderas de las montañas, en los jardines de las casas y en cualquier pedacito de tierra disponible.
Esto en cuanto se refiere al paisaje rural; una vez en la ciudad me sorprendiò la diferencia de edificaciòn y de trazado urbano, con respecto a las ciudades italianas, y me impresionò la cantidad de cielo de los barrios de Rosario, donde la gran mayorìa de las casas son bajas, de un solo piso, dando asì una sensaciòn de mayor espacio y aire, comparadas con las calles angostas y flanqueadas de casas con dos o tres pisos de cualquier pueblo o ciudad de Italia, donde a veces parece que ni siquiera el viento se animase a entrar.
Son dos estructuras absolutamente distintas, reflejo de dos pensamientos distintos, pero no puedo decir que una me guste màs que la otra, simplemente amo cada uno de estos dos estilos por lo que cada uno de ellos representa.
Es como si las ciudades argentinas hubiesen crecido como un elemento màs del paisaje y de ahì la necesidad de conservar espacios abiertos, vegetaciòn abundante, parques llenos de verde que repiten los motivos de la naturaleza circundante. Mientras que las ciudades italianas me parecen màs bien el refugio que los hombres se construyen para protegerse de la naturaleza y de los otros hombres, para acercarse unos a otros y mantenerse unidos y por lo tanto màs fuertes; y cuando tienen necesidad de la naturaleza, no la buscan dentro del poblado, salen de él y van hacia el campo, a trabajarlo, a domarlo, a disfrutarlo.
Y después... después... Fue el encuentro, fueron tantos encuentros, rostros, abrazos, làgrimas, preguntas.
Fue sentirme de nuevo en casa, pero a la vez ajena. A esto me referìa màs arriba, la realidad que parecìa ser la misma que yo habìa dejado dos años atràs, no lo era completamente, infinitos matices habìan cambiado, muchas cosas habìan sucedido sin que yo las viviera y por màs que me contaran no
lograba entenderlas.
Esto creaba esa especie de brecha que me llevò varios dìas atravesar.
Pero habìa tanto afecto antiguo, tantos gestos conocidos, todo ese humor irònico que tan bien sabemos manejar los argentinos, riendo de nosotros mismos, de nuestras desgracias, de nuestros defectos, que era imposible no readaptarse pronto.
Fue maravilloso reencontrarme con mi patria y confirmar cuanto la quiero y cuanto me duele todo su drama, su destino de "terzo mondo" trazado y diseñado desde afuera.
Y fue estupendo sentarme de nuevo en cualquier bar del centro a tomar un café con un amigo.
Pero, justamente mientras tomaba un café con un amigo, escuché en una mesa vecina dos señores que charlaban en italiano y... zàs! ... la nostalgia en sentido contrario.
Fue entonces que entendì que quien emigra queda indeleblemente marcado por ese sentimiento dulce y doloroso a la vez, no importa donde se encuentre.
Y finalmente, después de treinta cortìsimos dìas, volvì a Italia, y se repitiò el dolor del adiòs de la primera vez, y ahora sé que se volverà a repetir cada vez, pero sé también que valdrà la pena.
Queda un argumento por analizar. Quizàs uno de los màs delicados.
Muchas veces, sobre todo al inicio de mi residencia en Italia, me planteé, al igual que muchos otros inmigrantes, si tenìamos derecho a opinar, criticar, protestar o reclamar, en el plano polìtico, social y econòmico italiano. Es inevitable esa idea o sensaciòn de "estar en casa ajena" y por lo tanto "hay que callarse la boca".
Y bien, aprendì que no es asì, que no hay que callarse la boca y que no estoy en casa ajena, porque no vivo de la caridad de la gente; sì, es cierto que nacimos en otro lado, pero aquì trabajamos, soñamos, sufrimos, comemos, pagamos los impuestos y hacemos el amor, y todo eso nos da el derecho a pensar y opinar en libertad.
De no ser asì, nos encontrarìamos de frente a una dictadura infinitamente màs sofisticada que nuestras dictaduras de tercer mundo financiadas y sostenidas por el primer mundo.
En definitiva, es hora que entendamos que las palabras "nacionalidad" y "patria" estàn màs ligadas al léxico de los sentimientos que al còdigo penal.
Empecé estos escritos diciendo que ésta es una historia en presente, y por lo tanto éste no es un final. Es màs, quizàs sea un principio.
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